
Ahora me voy a enterar. Es hora de apretar el acelerador. En el pozo hay $265. Momento de meter un poquito de presión: van $200″.
Después de ver, el pozo suma $665.
“¿Estoy contento o no de que haya visto? Supongo que sí. ¿Pero con qué está viendo?
- AQ. Puede ser. Si yo tengo AK, pensaría él, esa K no empeoraría su situación: ya venía perdiendo contra AK y que caiga otra reduce las posibilidades estadísticas de que yo la tenga. Esa K le serviría.
- AJ. Lo mismo, pero a medida que el ladero baja, bajan también las probabilidades de que tenga esas cartas.
- Pares menores al as y al rey: no puede ser. Me encantaría, pero no lo creo.
- AA y KK. ¿Será posible que el cretino los tenga? Suenan alarmas en la cabeza.
Sí, es posible. Todos los ases o reyes en juego. Es altamente improbable en los números. Pero cierra perfectamente con todos y cada uno de los movimientos.
¿Y un set de tres o de dos?
Si este tipo llega a tener eso, de póker no entiendo nada: ME RETIRO”.
River:
2 de trébol
Esta vez no pasa: jugado $330.
“¡Los tiene, los tiene! -Estalla en sus cabezas: los jugadores de póker son, a fuerza de golpes, pesimistas-. Los tiene y me la jugó callado. Se puso en caller y me quiere pegar el martillazo. Tranquilo. A ver, su resto es lo mismo que suma el pozo, lo que equivale a chances de 2:1. Quiere decir que tengo que ganar 1 de 3 pases como este para salir bien parado.
¿Tengo el margen?
Claro que tengo el 33% de probabilidades de ganar.
Veo”.
Voltea primero sus cartas por ser el agresor:
A de picas y A de diamantes.
Con el set gana la mano y duplica su snack.



